Capítulo 36

Los meses pasaron y, cada vez, se confirmó más que Abril y Diego seguían teniendo trato, más allá de la distancia. Más de una vez, la encontré hablando a escondidas con él y recibió varios mensajes suyos cuando estaba en mi compañía. Cada confirmación era como un latigazo de fuego que estremecía mi alma. Las dudas eran enormes, y, para ambos, a cada momento que pasaba, nos resultaba más difícil estar juntos sin complicaciones ni falsas palabras, como hacíamos antes, en Manhattan, cuando solo éramos amigos. Yo sentía amor, por aquel entonces, pero para ella solo era un buen amigo con el que disfrutar y que la apoyaba en los malos momentos. Todo terminaba ahí. Pero esta vida es complicada y todo tiende a torcerse. Y es difícil enderezar las cosas llegados al punto en el que nosotros estábamos. Yo estaba seguro de que era ella pero, si  ella amaba a otro, yo no pensaba entorpecer su relación. Ley de vida, si amas algo deja que alcance la felicidad a costa de la una propia.
Ella se sentía ofendida cuando Clara estaba cerca de mí y siempre acabábamos discutiendo.

Cuando su cumpleaños estuvo cerca, ella dijo que sus padres me habían invitado a comer. Me estremecí ante la sola idea de volver a encontrarme con el ``padrino´´ pero acepté, era su cumpleaños. Comencé a prepararle una sorpresa. Primero fui a encargar a la floristería a la que había acudido, hacía ya tanto tiempo, a por un ramo de flores.
-¡Hola!-saludé con una sonrisa al tendero.
-Hola, ¿qué desea?-no pareció reconocerme en un primer momento, pero, después, un brillo, solo procedente de un recuerdo vivido hacía tiempo, apareció en sus ojos.
-Pues no lo sé. Es el cumpleaños de mi novia-me expliqué, yo siempre tan perdido en esos temas.
-Humm ¿tú fueras quién comprara un ramo de flores, todas azules?
Asentí.
-¿De los pedidos más raros que ha tenido?-dije riendo.
-Humm extravagante, sí, pero no el más raro-contestó sonriendo a su vez.
-Mejor no saber cual ha sido el más extraño-dije.
Asintió.
-A ver que se nos ocurre por aquí…-murmuró, examinando las flores que cubrían paredes y suelo del local.
-Últimamente hemos discutido mucho-musité.
-¿Debido a…? Si no es mucho preguntar-dijo con educación.
-Es una historia larga-acerté a decir sin decidirme a contarle mis problemas a un desconocido.
-Tenemos tiempo-dijo con resolución.
Y comencé a hablar.

Relaté todo lo que nos sucediera desde una mañana en la que nos encontramos en una heladería de Manhattan hasta ese mismo día, casi un año después y a miles de kilómetros de distancia.

El tendero me escuchó sin interrumpir y con semblante serio.
-Y la conclusión final es que mi vida es como un culebrón-exclamé con una sonrisa carente de alegría.
-Chico, no sé que decir. ¿Cuál es tu nombre?-preguntó entrecerrando los ojos.
-Mike. ¿El tuyo?
-Roberto.
-Pues ¿qué me recomiendas, Roberto? Seguro que tú tienes experiencia en disputas amorosas, seguro que muchos de los afectados se han reconciliado gracias a tus flores-miré a mi alrededor, las flores de tantos colores iluminaban la estancia.
-No te creas que tanta. No todo el mundo me cuenta por que han discutido, para eso me habría hecho psicólogo.
-Tienes razón-sonreí.
-¿Y ese chico, Diego, está preparando algo para conquistarla o, como le quieras llamar?
-No lo sé-dije con desánimo-No lo sé. ¿Por qué no tratamos el asunto de las flores?
Asintió y seleccionó unas cuantas, contrastándolas.
-¿Qué te parece que expresen algo?
-Perfecto. ¿Puede ser un te amo, nunca te olvidaré?
-Sin problemas. Un clavel rosa y otro blanco. ¿Cuántos quieres?
-Uno rosa y otro blanco, yo siempre he creído que las pequeñas cosas pueden expresar grandes sentimientos.
-¡Tú si que sabes, chaval! Opino lo mismo y soy de los que no me gustan los ramos ostentosos y sin sentimiento, pero los pequeños, compuestos por solo unas pocas o una, pero con sentimiento expresan a la perfección lo que siente el ``creador´´ del ramo.
Asentí y le pedí que me guardará las que le había pedido para el día indicado. Me sentía más tranquilo después de haber hablado con alguien como Roberto, un desconocido que no sentía nada hacia mí y podía juzgar más allá de los sentimientos.

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