Capítulo 35


Esa tarde hablé con Rachel. No le conté nada aunque intuía que ella sabía lo que estaba pasando mejor que yo. Fue una conversación sin sentido. Noté un tono enfadado en su voz y creí deducir por que era. Sabía que yo no le había cogido el teléfono a  Abril. Traté de mostrarme despreocupado pero para actor no valía. Por eso estudiaba Antropología en vez de Arte Dramático. Ese era un talento que siempre me hubiera gustado poseer. Saber mentir, aunque sólo pensara decir mentirijillas piadosas. Encendí mi ordenador. Miré el correo y demás. No había nada interesante. Apagué el ordenador y me puse a estudiar. Dos horas después con un gran dolor de cabeza fui a cenar. Todavía era pronto pero tenía hambre. Unas patatas fritas y un filete de pollo formaron mi cena. Ya sabía cocinar algo. Mi móvil volvió a sonar. Rechacé la llamada. Era Abril. Tal vez la llamara después. Fregué el plato, vaso, los cubiertos con calma. Dejándolos bien brillantes. Limpié la cocina y fui a la ducha. Escuché de nuevo mi móvil. Decidido, la llamaría. Después de salir de la ducha, con el pelo todavía mojado, cogí el teléfono y llamé.
-¡Hola!-dije fingiendo un tono alegre y despreocupado, al igual que con Rachel. Me senté en el sofá.
-Hola-dijo con desconcierto-Te llamé antes.
-He visto ahora las perdidas-mentí-Estaba estudiando-era mentira en cierto modo. Había estudiado, pero si había visto las llamadas.
-Ah-no se lo creyó. No sé si lo de que no hubiera visto las llamadas o lo de estudiar que venía a ser lo mismo.
-¿Qué tal?-cambié de tema. Recliné la cabeza y cerré los ojos unos instantes, cuando volvió a hablar, los abrí.
-Bien, supongo-contestó.
-¿Sólo supones?-reí.
-Sí, sólo supongo-bufó. No estaba de buen humor, y no la culpaba.
-¿Estás enfadada?
-¿Yo? ¡Qué va!-¡si no se lo creía ni ella!
-No te enfades. Lo siento-dije con sinceridad.
-¿No te he dicho que no estoy enfadada?-gritó.
-Cualquiera lo diría. Por poco me dejas sordo-rezongué.
-¡Ay, Mike! Hoy no es mi día, adiós-colgó el teléfono.
-Ni el mío-musité.
Nuestros problemas cada vez iban a peor. Si no era por una cosa, era por otra. Ya estaba cansado. Primero, había tenido que ``pelear´´ contra Diego en Manhattan, y ahora que todo parecía ir bien, volvía. ¿No se podía quedar en su casa, sin molestar? Sabía que la culpa no era sólo de él pero necesitaba un culpable. Yo también lo era. Todos. Bueno, casi todos. Era un descontrol, total. Un descontrol de opiniones y sentimientos. Estaba agotado y no quería seguir con problemas. ¿Tanto pedía? No, desde luego que no. Tranquilidad, normalidad, felicidad, esas palabras que describían mi vida a la perfección antes del último verano, Antes del último verano.

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